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¡Al fin!: nuestro Cristo ha sido reconocido públicamente con un enaltecedor título: ¡Monumento Nacional!

Y es que para ello se ha tenido en cuenta sus conocidos y válidos méritos, a saber: el peregrinar por más de 30 treinta años en su dominante colina cual desierto desolado, aunque mal rayo le partiera la cabeza (que para eso es El Cristo, ¿no?), ocultándose tras un manto de pinos esbeltos y negándose a que incautos violadores del retiro ajeno le tomaran fotos; inconmovible durante todos esos años en su pedestal de mármol, que muchos creían era de madera (mero y oscuro desconocimiento); desafiante ante las fuerzas que lo vigilaban al tanto de la más mínima de sus flaquezas.

Mas luego, tras renovados votos, ordenó talar su cortina, levantar las cercas que impedían el paso a los perturbadores, darse nuevas luces y erigirse en vigilante de la plaza que otrora fuere catedral de revendedores molestos e inapropiados.

Pues no, nuestro Cristo no se parece a ninguno: Él superó las tormentosas pruebas para que con su sagrado corazón nunca más se repita el inaudito descrédito, y la ciudad pueda vivir ahora sosegada ante su sacrificio y bendición.

¡Amén!